De las fotos de otros y las mías y el paso del tiempo


Hace tiempo considerable que guardo fotos de otros. Algunas llegaron a mis manos cuando las rescaté luego de estar perdidas durante años en cajas de zapatos. Otras, las tomé libremente de un piloncito tímido en exposiciones que visité, que pisan el límite de postales. Las que tengo más presentes fueron las que me regalaron amigos, o aficionados.

El tema en cuestión es que hace poco tiempo, empecé a notar similitudes entre algunas de estas imágenes y las mías. El primer paso entonces fue amigarlas en el álbum, una al lado de la otra, para poder apreciar más directamente los puntos de conexión, como ser luminosidad, colores, situaciones, composiciones.

Pero en especial hay una, -no diré de quién- que fue tomada por dicha persona hace muchos años atrás, en Paseo Colón, Buenos Aires. Puedo jurar que estuve parado en ese lugar y que hice una serie de tomas iguales a esa fotografía, sin saber siquiera de la existencia de dicha obra. En verdad lo que cuento no tiene nada de extravagante, pero para mí representa algo más: es curioso ver cómo gente que no se conoce, con historias distintas, de generaciones distintas, se detiene con una cámara en los mismos lugares -inmutables- solamente una vez cada muchos años... esa es la permanencia magnética de un lugar, de una memoria social etérea -suspendida- y a la vez, otra declaración firme de nuestro pasaje circunstancial por la vida. Las calles, son las mismas, las veredas, son las mismas. El tiempo pasa y las personas que ayer estuvieron luego no estarán. Mañana vendrá otro, y así sucesivamente. Ese es nuestro destino como fotógrafos, registrar el paso del tiempo en el mundo.

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